martes, 25 de octubre de 2011

LA MENTIRA DEL DIOS NIÑO

Mas, ¿qué mucho que yo perdido ande
por un engaño tal, pues que sabemos
que nos engaña así Naturaleza?

Porque ese cielo azul que todos vemos
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!

Lupercio o Bartolomé Leonardo de Argensola

“El universo requiere la eternidad. Los teólogos no ignoran que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi mano derecha que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Por eso afirman que la conservación de este mundo es una perpetua creación y los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el cielo.”

Jorge Luís Borges, “Historia de la eternidad.”


Existen Dioses tan perfectos que sus mentiras adquieren existencia al decirlas. Y se convierten en verdades al ser creídas por Dioses igualmente perfectos. No es simplemente mentir para decir la verdad, debe haber también un Dios ingenuo que se deje convencer por lo sofisticado de la mentira.
Es así como en un recodo de la Eternidad, el Dios supremo del Universo le preguntó a su hijo menor:

- ¿Qué has hecho desde la última vez en que hablamos?

El niño, que quería que su padre se sintiera orgulloso de él, le contó una gran mentira. Le contó que había hecho una pequeña galaxia, y que, dentro de ella, creó un mundo con cosas que estaban dispersas. Le dijo que había creado un mundo con cielos y aguas; luz y sombra; tierras y mares; sol y luna; aire y fuego; árboles y animales.
A su padre no le interesó en absoluto, así que el niño aumentó más su mentira. Le contó que había creado una especie de animales inteligentes, consientes de sí mismos. Un animal con dos piernas y sin plumas; esencialmente social; débil físicamente pero hábil, y dotado de una capacidad seudoracional. Estos animales nacen y mueren, viven en una especie de ser y no ser en el tiempo. No saben sobre su antes ni sobre su después, pero solo están preocupados por el después; viven en una extensión inextensa, en un ser sujeto a la parvedad, en una angustiosa presencia efímera, un ilimitado cambio hacia la limitación. Notando el interés de su padre el niño continuó. Comenzaron al mismo nivel de los demás animales –dijo el niño- pero luego los hice mejorar, acercándolos a la perfección.

- ¿Acercándolos a nosotros? – preguntó el padre con notorio disgusto.

El niño fingió que se esforzaba en recordar lo que en verdad nunca había hecho. Finalmente dijo:
- Al principio los fui acercando a nosotros, pero después me aburrí, así que los dejé a medio camino. Y ahí quedaron los pobres, los liberé a su libre albedrío. Entonces comenzaron a tener idiomas distintos. Luego pensamientos incompatibles. Algunos creían en un tal Dios, un Señor que se dedicaba a pastorearlos. Otros creían en varios Dioses y un conjunto de criaturas ilusorias sujetas a una confusa jerarquía y descendencia. Algunos no creían en ninguna de estas cosas, pero sí creían en otras, más cercanas pero igualmente estúpidas. Estos últimos son los más divertidos, justifican la inexistencia de Dios con las capacidades que yo les di.
El padre se interesó.
- Luego – continuó el niño – se comenzaron a pelear, en verdad, pelearon desde el principio. Primero se peleaban cuerpo a cuerpo, ya no me acuerdo ni para qué. Luego hicieron guerras cada vez más impersonales, y de éstas no es que no me acuerde de su porqué, es que no lo tenían.

Eso es divertido – dijo el padre.

Pero eso no es todo, también discuten de palabra. Todos tienen sus razones. Los politeístas justifican sus acciones y deseos inventando historias de dioses. Y a los fenómenos que perciben le atribuyen un estado anímico y sentimental divino. El molesto paralelismo psicocósmico (con el que tu hijo, el adolescente, jode tanto). Fue una muy buena etapa la de estos. No importaba nada más que la belleza de sus versos, su contenido era medido en el pecho, y luego sentido en el mundo.

¿Fue? – preguntó el padre desconcertado.

Sí, es raro, es como si la eternidad fuera narrada por un loco, y la contara desde un principio a un fin, un fin que solo es acumulación. Seguramente me preguntarás ¿no pudiste hacer algo mejor? Pero ni te imaginas lo divertido que es una cosa tan simple como esta. Te sigo contando. Los que vinieron después, (que ya estaban de antes, y los de antes siguieron después) fueron los monoteístas. Los monoteístas tienen una doctrina tan compleja y enredada que ni ellos mismos la entienden. Le ponen el nombre de fe a rendirse ante tamaña explicación, y éste es el fin de su doctrina.
Después, (pero que fue antes, durante y mientras), aparecieron unos negativos. Estos no sé de qué hablan, pero me divierte escucharlos. Todos son diferentes y divertidos, pero lo mejor es cuando discuten los llamados ateos o agnósticos entre ellos. Arman teorías, hipótesis y conclusiones divertidísimas, si vieras. A esos tipos, que creen encontrar verdades absolutas, los siguen un montón que elaboran más teorías, hipótesis y conclusiones; y a estos los siguen menos.
Estoy orgulloso de ti, hijo.
Aún hay más, encontraron unas tales leyes físicas. Se trata de decir lo que se aburren de ver. También ponen cosas al lado de otras cosas, la primera cosa siempre es parecida porque la rayan a todas de forma similar. Otra forma de comparar que tienen es por medio de tres palos que agarrados de una punta dan vueltas. Uno rápido, otro un poco menos y el otro, el más corto, lento. Con esos movimientos pretenden comparar el resto de los movimientos.
Son de mucho comparar. Además crearon muchas armas poderosas y las utilizan contra ellos mismos.
Y qué más.
Ahora se están repensando y esto los frustra mucho, claro con tantos errores ¿A quién no? En este momento están revisando la historia. Se sienten mal porque no encuentran un tal sentido que buscan mucho. Se cansaron de esperarlo, él nunca llegaba. Algunos lo siguen esperando, otros ya creen haberlo encontrado y otros no saben muy bien qué saber.
¿Y qué les tenés pensado?
Eeeee...


El dios niño prepara la mentira que me hará feliz mañana ¿O quizás infeliz? No sé. Ha mentido por mí lo suficiente como para reclamarle algo. Viviré esta mentira que a mí me es suficiente.

2001